Los duelos del feminismo

​   Cuando una entra al cuestionamiento, el primer duelo doloroso que enfrenta es descubrir que muchas violencias le fueron normalizadas por el sistema y por la sociedad: la familia, para empezar, y luego los círculos cercanos de amistades o la escuela.


De todo, lo más doloroso son aquellas cosas que te incomodaron y que te generaban preguntas, pero por las que tu familia o la sociedad te culparon; entonces decidiste aceptarlas e ignorarlas por un tiempo. Cosas como que, a los ocho años, un familiar te tocara de formas que no querías, o que “al amor de tu vida” se le hiciera fácil acercarse a ti cuando tú tenías 15 y él 20, todo en nombre del amor, de “un gran amor”.


Luego vienen los duelos por las heridas que también hemos causado, con y sin conciencia. La forma tan violenta y descarada en la que nos enseñaron a competir con otras y a señalarlas o etiquetarlas. La forma tan cruel de vincularnos entre mujeres, en la que no hay cabida para ser humanas, en la que la deshonestidad abunda. Una deshonestidad y una crueldad que no solo lastiman a otras: también nos lastiman a nosotras mismas.


Y luego vienen las cifras. Esas no tienen un tiempo de duelo; esas acompañan, porque cada día hay otros rostros, otros cuerpos, otros silencios. Y aunque al principio asustan y duelen, este duelo se llena de rabia. Va de la mano con las incongruencias más absurdas del sistema: cómo es que desde hace días el centro de la ciudad se llenó de vallas para “cuidar” monumentos, pero desde hace semanas desaparecen mujeres en Morelos, y desde hace años desaparecen entre 9 y 11 mujeres al día. Importa más proteger un pedazo de concreto y metal que a las mujeres, y aun así nos llaman exageradas y dicen que el movimiento es innecesario.


Luego viene el duelo de ver que, dentro del mismo movimiento, también existe la superioridad moral ejercida desde la violencia, el privilegio y la blanquitud. Mujeres replicando la misoginia y la crueldad con las que el sistema nos ha oprimido, pero adueñándose de los discursos feministas y transformándolos a diestra y siniestra para seguir compitiendo y violentándonos entre nosotras. Olvidando que no venimos de los mismos lugares ni de las mismas opresiones sistémicas; olvidando que existen más opresiones que el solo hecho de tener una vulva. Y, sobre todo, olvidando que es en la colectividad donde se logran las luchas, donde se construye esa rebelde ternura radical que muchas consideran innecesaria.


Y eso lastima. Porque cuando una comienza a cuestionar y se adentra en el movimiento, cree haber llegado a un espacio seguro, un espacio que a veces se ve quebrado por estos personajes.


Mientras más años pasan, mientras más me cuestiono, más duelos vivo.

A ratos siento rabia; a ratos, tristeza. A ratos me pregunto si seré la siguiente en las cifras. A ratos me látigo y me grito que nada será suficiente, que un ser humano no puede contra una estructura que lleva años ejerciendo violencia en todas direcciones.


Pero luego veo a mis alumnas emprendedoras alzando sus proyectos, yendo a bazares y trabajando solas sus redes, y me siento feliz de haber podido compartir un poco de lo que sé para que alguien sea un poco más libre e independiente. Luego veo en redes sociales a mujeres que se hicieron cercanas conmigo después de acompañarlas en sus interrupciones, y las veo vivir plenas la vida que eligieron.


Me veo a mí misma, después de salir de una relación con un p3dófilo. Me veo plena y con ganas de seguir, como en 11 años no pude hacerlo. Con todo y que el proceso ha sido largo, doloroso y lento, me veo reconociéndome y siendo libre de elegir la vida que yo quiero.


Y eso me hace seguir creyendo que cada duelo que generó el cuestionamiento es solo una venda que cae, una forma de ser más consciente de mí, de mi realidad dentro de este sistema y de la realidad que vivimos en este país.


Y aunque parezca poco, es un fragmento más para seguir luchando. No solo hoy, todos los días.


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