No salir huyendo a pesar de las heridas
Pensaba que quedarse, a pesar de ciertas heridas, por las cosas que valen la pena, es parte del amor.
Pero el trauma que nos deja el amor romántico hace que, después de varios vínculos fallidos, una deje de creer que vale la pena quedarse. Que vale la pena hablar, escuchar, cuestionar y reevaluar un conflicto. Vaya, es parte del postrauma: ese impulso automático de huir antes de sentir.
Después de tanto dolor, lo primero que dan ganas es de salir corriendo. No escuchar. No vivir la incomodidad un rato, por miedo a volver a atravesar el dolor y la incertidumbre. Huir se vuelve una forma de protección, aunque a veces también sea una forma de abandono.
Desde que empecé a salir con mi esposo, pasaba cualquier cosa y yo solo quería huir. Era instintivo. Y en cada pasito que dábamos iba reconociendo una serie de inseguridades y postrauma que no había identificado con consciencia. Creo que ahí empezó la parte más dura del proceso de sanar: cuestionar y reconocer qué tan asustada estaba de volver a salir lastimada, qué tanto era mi ansiedad y qué tanto de mí se había perdido en ese miedo.
Ahora pienso que me hubiera perdido de un montón de momentos increíbles y de una persona que me acompaña en mi proceso. Que me deja acompañarle. Que me deja ser. Que somos, no como una extensión del otro, sino como individuos que han vivido vidas muy complejas, pero que están intentando sanar y, al mismo tiempo, sobrevivir al sistema.
Y eso vale la pena.
Vale la pena deconstruir. Vale la pena la terapia, la escucha y el amor, incluso a pesar de las heridas del pasado. Heridas que poco a poco se van transformando en certezas y en herramientas de autocuidado.
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