La felicidad efímera

 

Estos meses he aprendido a querer, a amar y a desear de formas que mi mente no teorizó hasta que cuestionó esta necesidad de las personas de decirle que no es válida, que no puede amar por tener heridas.

Que no puede amar hasta que estas sanen y que ella aprenda todo sobre el amor. Aunque nadie le explicó lo que era el amor sano.

Y en este pequeño pedazo de felicidad puedo decir que el amor sano lo veo en todo este proceso doloroso en el que perdí mucho (si no es que todo). En la fuerza que me agarré para desde mi tristeza levantarme, y aún sintiéndome enojada y adolorida, me llevo todos los días a la maquina de coser para seguir creando y salir. Me llevo a hacer y deshacer con mis proyectos con todo el miedo del mundo.

El amor sano lo veo en mi pareja, en las veces que lo veo cuestionandose, que le veo preocupándose, que le veo riendo mientras vemos alguna cosa en el celular o mientras hacemos alguna tontera y nos reímos fuerte.

En mis vinculaciones y sus diversas formas de estar. De preocuparse, leerme, escribirme, validarme y desearme.

En las nuevas personas que llegan, igual o más heridas, pero sin juzgamientos ni señalamientos dan un consejo, una risa o un impulso para hacer cosas que pensamos imposibles.

En mis gatos, y la forma tan amorosa en la que me acompañan todo el día. La forma en la que intentan distraerme de mi ansiedad, o solo quedándose a mi ladito mientras lloro con fuerza.

El amor sano es en muchas formas. Y todavía lo estoy descubriendo. Lo que si tengo claro es que mis heridas no me hacen menos válida para amar, mis heridas no hacen que merezca menos amor.

Nadie va a ser mi salvador, nadie es mi centro de rehabilitación pero con todo y mis heridas merezco ser amada.

Nadie es juez de quien merece o no amor.

Nadie debería seguir sintiéndose juez de las vidas ajenas.

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